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Manuel Gil, experto y consultor editorial
"Defiendo la necesidad de un código de buenas prácticas y no las editoriales que venden directamente al margen de la librería, porque están debilitando el canal"

"Durante cerca de cuarenta años Manuel
Gil ha trabajado y tenido diferentes responsabilidades en el sector del libro,
en nombres como Paradox, Marcial Pons o Siruela. Coautor de libros como

'El
nuevo paradigma del sector del libro’ y '
El paradigma digital y sostenible
del libro’, consultor y profesor en másteres de edición, es autor de un
blog (antinomiaslibro) en el que, desde 2007, analiza el sector y sus

diversos
actores. 
Ofrecemos en nuestra web la
charla completa con Manuel Gil de la que puede leerse un largo extracto en la
Revista L y más, 
que puedes conseguir en las librerías independientes.




Dice en su blog que el sector del libro se encuentra “inmerso en una transición digital complicada, y en un entorno apasionantemente incierto”. ¿Es más incierto o apasionante?

Para el sector, incierto. Se empieza a ver un cambio en lo que será el nuevo ecosistema; la industria ha perdido el monopolio del formato, el monopolio de la producción, el monopolio del control del cliente… por eso los editores temen el futuro. Antes, si tú querías leer sin pagar, tenías la biblioteca, ahora tienes libros autopublicados gratuitos y una serie de opciones que plantean un futuro incierto; en los próximos años se podrá leer de forma masiva sin pagar y se puede pensar que se vaya a una industria editorial sin editoriales.



No me diga que anuncia el fin de las editoriales o de las grandes editoriales.

Antes existía el editor friki, es decir, gente como Herralde, capaz de oler, pero ahora hay una mutación, estamos en tiempos de la gente wiki, los nativos digitales. Muchas marcas editoriales establecidas que hoy conocemos desaparecerán en unos años, la mitad más o menos, y serán sustituidas.

En los másteres veo que hay buenas ideas editoriales, pero muchas veces falta el proyecto económico, hacer números, para que no se venga abajo en dos años. Además, la distribución es una barrera de entrada. Una editorial pequeña, que edita ocho o diez libros al año en muchos casos es inviable. Se dice que, a los pocos años, dos de cada tres, no sobreviven, porque además carecen del componente tecnológico que ahora es necesario.

En España, cada año, se generan trescientas editoriales nuevas pero se mantienen cerca de mil inactivas. Ante este reto, los gremios y las asociaciones deberían tener una estructura de apoyo, un comité de sabios o lo que sea, alguien que pueda recomendar, dar apoyo en carencias como el conocimiento financiero.


¿Pero sobrevivirán?

¿Pero sobrevivirán?
Pueden bajo ciertos parámetros: tener un buen distribuidor que les dé visibilidad y poco coste fijo (aunque esto lo que provoca es que no se generen puestos de trabajo: el trabajo fijo en las editoriales está desapareciendo). Y luego tienen que generar comunidad, lo que no todas saben hacer. Las de poesía, por ejemplo, son nichos que lo están haciendo.

El tamaño va a importar mucho y tienen que saberlo. ¿Por qué no agruparse bajo un mismo paraguas para ganar tamaño, ya que el acceso a la distribución es una relación de poder? Les recomiendo que se agrupen y olviden ese individualismo, ese yo me lo guiso yo me lo como. Y otra cosa: yo defiendo la necesidad de un código de buenas prácticas y no las editoriales que venden directamente al margen de la librería, que venden “a todo lo que se mueve”, porque están debilitando el canal; eso es pan para hoy y hambre para mañana, y un riesgo de que todo se quede en un oligopolio de cuatro empresas.

Los grandes grupos deberán apalancar su ventaja competitiva en la compra de derechos a escala idiomática mundial, pero sus tamaños y recursos les dan ciertas ventajas, aunque el crecimiento de la autopublicación les está poniendo en una situación muy complicada. Cuando un 40% de los libros más vendidos son ajenos a la industria editorial tradicional, deben repensar su inserción en un ecosistema absolutamente nuevo. Durante estos años de crisis, los grandes grupos son los que más han caído en ventas de manera porcentual.


Nos hablaba de la venta al margen de las librerías. ¿Eso aumentará?

El sector no ha ayudado a la librería: en España, el editor ha colocado hasta un 40% de libros al margen del cauce de distribución, es decir, fuera de las librerías, cuando la media europea es del 17%. Eso es un problema, el editor no ha apoyado al librero, y el librero no ha hecho lobby. El librero tiene que hacer planes estratégicos y presionar. Las librerías deben conformar estructuras de presión, tal como sucede en Francia y Alemania.

Lo que está cambiando es el cambio de hábitos de compra de usuarios hacia librerías online (con libros tanto digital como de papel) que conforman una situación compleja; en paralelo crece un tipo de librerías con café o vino, en el que el negocio no está en el libro, y estas son muy limitadas en su oferta por el volumen de títulos.
Si hubiese un gobierno con sensibilidad a la cultura sería distinto. Hay que recuperar la figura de la dirección general del Libro, Archivos y Bibliotecas, que plantee una posición y desarrolle una política del libro que aquí es necesaria, para reflotar el tejido librero.






¿Las claves son la profesionalización y la presión?

Esa cifra que se ha dicho tanto de que se cierran dos librerías al día no es verdad y, además, muchas eran papelerías. He trabajado en editoriales y cuando hacíamos la cuenta nos salían en torno a setecientas librerías, no cuatro mil: en ese caso, tendríamos más librerías que Alemania. Lo preocupante es que cierren las librerías de fondo como las que han cerrado.

Si el tejido es más pequeño pero más saludable, se puede profesionalizar, pero en muchos casos requiere dinero; el dinero público está también para eso, para que las librerías sean estructuras empresarialmente sólidas. Por eso las organizaciones del sector tiene que ser más proactivas. La idea debe ser convertir la defensa de las librerías en un asunto de estado.
Ahora se dan subvenciones para actividades como el mapa de ventas, pues hagamos estudios del valor no solo económico sino social que pueda tener una librería en un pueblo, en un barrio, que trae charlas, cuentacuentos, etc. Por eso hablo de plantearlo como lobby a los partidos. Y la edición tiene que entender que si no tiene librerías no va a tener donde exponer sus libros, ¿va a venderlos en una cadena de cafeterías?


¿Francia es el modelo a seguir?

Francia tiene un desarrollo, una protección que proviene del concepto del libro como producto de excepción cultural; la protección de sus letras, de su industria, de sus librerías está por encima de discusiones políticas y es una cuestión de estado.
Francia ha abanderado la defensa de las librerías y la lucha contra los monopolios, como las empresas que venden cantidades ingentes de libros y no cotizan en el país. Francia subvenciona su sistema cultural y editorial, no solo promocionando la edición sino con traducciones y todos los elementos de la cadena del libro.
En el caso de las librerías lleva adelanto, como el sello de referencia que se ha creado recientemente en España, y que debe ir acompañado de otras políticas, como tener unos fondos editoriales concretos, pequeños editores, proyectos culturales cómplices y un proyecto económico, como que las bibliotecas próximas compren a estas librerías.


Parece que todo esté por hacer.

Me llama la atención que los colegios lleven a los chiquillos a visitar las fábricas de refrescos, de electrodomésticos… ¿Por qué no visitan librerías, imprentas y editoriales? Hay que sacar la profesión a la calle. Nunca se ha leído tanto como ahora, otra cosa es lo que se lea, un libro de Umberto Eco o las instrucciones de la Themomix. Pero veamos cómo reubicamos las librerías porque sin ellas, la edición está muerta.


Con frecuencia viaja a América Latina por motivos profesionales. ¿Cómo son las cosas allí?

Allí el valor del libro se mantiene; la gente que lee tiene repercusión, y repercusión en la mejora social y laboral: el libro está anclado al sistema educativo. El estado apoya al libro y asume un papel de agente. No es como aquí, que el libro ha perdido ese valor y se ha convertido en un producto de consumo.

En América Latina las ferias son importantes. Tras la FIL de Guadalajara, que mueve 750.000 personas, y es el referente por su dinero y sus proyectos, está la de Buenos Aires, con más de un millón, y la de Bogotá. Allí, cuando hay una feria, todo se pone en relación: la hostelería, las actividades cotidianas, los colegios, la universidad, la ciudad entera… En Madrid la feria no tiene ese carácter internacional; se podría buscar y darle una dimensión más cultural que comercial, darle un carácter de promoción de la lectura. De nuevo, los poderes públicos deberían implicarse, y el sector luchar por conseguirlo.



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Las librerías deben conformar estructuras de presión
Vicente Castedo

Vicente Castedo



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