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Ernesto Pérez Zúñiga
El autor regresa con 'No cantaremos en tierra de extraños', el viaje épico de unos perdedores para rescatar a una mujer y salvarse a ellos




Ernesto Pérez Zúñiga (Madrid, 1971) comenzó a escribir poesía, pero su creación se ha llenado de prosa. Tras La fuga del maestro Tartini , con la que ganó el Premio Torrente Ballester, regresa a la novela con 'No cantaremos en tierra de extraños', una historias de vencidos en la guerra -en las guerras: la civil y la mundial-, de perdedores, que coinciden en un hospital francés y, en una historia de amistad, se proponen rescatar a una mujer, en un viaje épico a España, y tal vez salvarse a sí mismos. 




Se dice en el libro: “la posguerra es el lugar de las heridas”. ¿Siempre tiene que ser así?

Heridas, ruinas. Son lugares de reconstrucción. Las heridas pueden sanar, igual que las ruinas convertirse en una nueva ciudad. Pero ambas, heridas y ruinas, traen consigo un importante aprendizaje. En el caso de esta novela, nos encontramos con dos personajes que, a pesar de haber perdido su propia historia, son capaces de buscar el sentido a sus propios actos. Renunciaron a su propio egoísmo para lograr algo mejor para todos. Lucharon contra el totalitarismo en España y en Europa. El lugar de las heridas es un lugar de reflexión, imprescindible, para la sanación posterior. En Europa vivimos un presente construido sobre las heridas que se fueron cerrando, heridas que hablaron y crearon los derechos que hoy nos parecen irrenunciables. Aunque algunos se quedaron en la cuneta. Hay que estar muy atentos a las heridas de las posguerras. Son ellas las que construyen, a favor o en contra, la siguiente paz.


¿Hay vida después de la guerra?

Solo hay vida después de la guerra. Porque la muerte (lo seres, los bienes y los conceptos perdidos) también han pasado a formar parte de los supervivientes. Pero hay muchas maneras de seguir viviendo. Los médicos españoles que fundaron el Hospital Varsovia de Toulouse decidieron que la vida ajena seguía mereciendo la pena. Es más, la vida propia merecía la pena porque iban a curar a otros. Ellos son personajes reales a los que mi novela hace homenaje. Los ficticios, los que emprenden la aventura de regresar a una España donde ya son extraños, demuestran que la vida tiene sentido mientras exista el viaje, un viaje que tiene el amor como motor más potente, como nos ocurre a la mayoría de nosotros, aunque sea en un escenario inhóspito.


Hay amistad o camaradería en esta historia. ¿Ya es eso algo raro?

La amistad es una de las formas más nobles del amor. Los dos protagonistas de esta historia hacen un viaje desde la desconfianza a la amistad profunda. Con intereses muchas veces contradictorios, la lealtad entre ellos es lo mejor que acaban construyendo. La lealtad y la solidaridad. Son valores absolutamente vigentes.  Están en todas partes, a pesar de que el valor más difundido en la actualidad sea el del interés propio, pues es el que interesa a la sociedad de consumo y a la sociedad del miedo. Gasta y protégete, parece ser el lema que muchos quieren que aprendamos. En mi novela, se protegen los unos a los otros y comparten lo poco que tienen. Y luchan contra los que hacen lo contrario.


“Así fue como liberamos París”, dice un personaje. Pero algunas batallas no se agradecen.

Otro de los homenajes de la novela está dirigido a la Nueve, la brigada de españoles republicanos que liberaron París a las órdenes de Leclerc. De inmediato, De Gaulle prefirió olvidar a los españoles. Entonces interesaba concentrar la guerra en Europa, y dejar España a Franco, para despejar la idea de una Iberia soviética y, en mi opinión, porque la tierra del Sur importaba poco. La democracia parecía que solo era digna de pueblos civilizados. Los franceses y los ingleses podían y debían ser demócratas. Pero, ¿los españoles? Hemos avanzado mucho en los últimos 70 años. Ahora la democracia también la merecemos nosotros, y seguimos queriendo mejorarla. ¿Pero nuestros vecinos del Sur? El Sur está hoy más al Sur que hace 70 años.


Refugiados, exiliados, perseguidos … su novela podría estar situada hoy día.

Esa era mi idea. Escribir una posguerra que sirviera para nuestro tiempo. Siria llama hoy a las puertas de Europa como los españoles llamamos a las de Francia. Muchos de los españoles de entonces fueron internados en campos de concentración bajo sospecha. El miedo hace tanta política como la idea de justicia. Tenemos que aprender de nuestra propia historia. A veces no nos damos cuenta de que nuestros comportamientos y decisiones crean el futuro.


¿Por qué eligió ese ambiente de western para una parte de la novela?

Mi padre me hizo muy aficionado al género desde niño. Con el tiempo, me di cuenta de que los mejores western suceden después de la guerra de Secesión, otra guerra civil como la nuestra, donde los perdedores se convierten en aventureros que deben reinventarse. La propia sociedad se está reinventando. Nuevas leyes, nuevas fronteras, pero todavía en construcción. En ese territorio ambiguo la propia acción es determinante, las decisones, los rumbos tomados. Me di cuenta de que también nuestra posguerra podía convertirse en un territorio mítico para investigar en la acción humana y nuestra historia.


¿Por qué eligió, en primer lugar, la tercera persona para contar la historia?

Por influencia del cine. El lenguaje en esta novela funciona como una cámara, capaz de narrar planos generales, primeros planos, o meterse en la mente de los personajes o de sus sueños. Pero la palabra tiene aún más poder que una cámara. Llega más lejos: da voz a la naturaleza, por ejemplo, a las contradicciones de los personajes entre lo que hacen y lo que piensan, o a una realidad que, como sucede en la vida, integra los planos externos e internos. El cine, en la mayoría de los casos, se queda en lo externo.


Rescatar a una mujer es el sueño de un poeta, de un héroe, de un enamorado, de un loco…

Es el sueño del primer gran poeta, que también fue aventurero al mismo tiempo: Orfeo. Orfeo baja al infierno cantando para rescatar a Eurídice de las manos de Hades. Aquí ocurre lo mismo. Manuel Juanmaría entra cantando en la España de 1945.


¿Esta es la novela (o una novela) de un poeta?

Para mí la poesía es traer a la palabra lo que no existe todavía. Cazar en la oscuridad un cuerpo de luz. Eso hace el poema, cuando se trata de una emoción, de un pensamiento, de una imagen. En el caso de la novela, se trata de cazar una gran manada, un universo que está escondido en algún lugar de la mente. Cada universo tiene su música. La escritura nace impregnada en ella. En el caso de un poema, se hace de manera más intensa y esencial. En el de una novela, se trata de un mundo en movimiento, impuro, mezclado, que tiende a expandirse y a expresarse a sí mismo. Es verdad que los personajes tienden a independizarse de la voluntad del autor. Y a reivindicarse como criaturas con intención propia. Son fenómenos propios de la novela.


Se dio a la épica. ¿Ya no escribe lírica?

La épica es Homero. Me interesa mucho la Ilíada, por ejemplo, como modelo donde una historia se cuenta con una fuerza simbólica impresionante. La guerra, el dolor, el abandono, la lealtad, la muerte, la reunión. La épica es, en cierto sentido, una lírica colectiva. Cada vez me interesan más las historias que nos reúnen y menos el canto solitario, el propiamente lírico. Pero no lo abandono. Lo particular estimula también mi oído. Lo particular que conecta con lo otro, no lo que aísla.


¿Por qué, con frecuencia, hay alguna Beatriz entre sus letras?

Me gusta trabajar con arquetipos fundamentales que estructuran nuestra concepción del mundo. Sin Beatriz no existe Dante. Ella es el motor de su viaje por el infierno, el purgatorio y el paraíso. Beatriz es una versión elaborada de la Eurídice de Orfeo, y también, al final, resulta inalcanzable. Beatriz es el impulso de la naturaleza humana para encontrar lo mejor de sí mismo: el conocimiento y el amor simultáneos,  el sentido, el alma propia y del mundo. Es imposible de retener. Pero es parte imprescindible del viaje. Sin Beatriz, no hay experiencia. 



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“Heridas y ruinas traen aprendizaje”
Suso Mourelo

Suso Mourelo



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