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De Cuba a Castilla, el camino literario y vital de Iglesias Kennedy
Terminamos la trilogía de autores cubanos con el autor de 'El marmitón apacible'


Nacido en La Habana en 1950, Daniel Iglesias Kennedy vive en España desde 1985, concretamente en Talavera de la Reina, donde dirige la Academia de Idiomas Kennedy. Su obra representa una  mirada diferente e irónica que está tratando de dejar atrás un mundo al que no pertenece, del que se exilia voluntariamente. Pero una vez exiliado y después de la publicación de varias novelas cuyo tema se centra en su experiencia asfixiante en Cuba, este autor deja su origen a un lado y se integra de manera absoluta en la cultura de su nuevo entorno.

Recorriendo, como contemporáneo de Jesús Díaz, ‘la espiral’ en sus primeros textos, va pasando así de la literatura de exilio a una escritura “postnacional”, integrada en el entorno actual.

 

 

Aunque sus primeras novelas se inscriben dentro de la narrativa cubana que se produce en la diáspora y, como tal, tienen una serie de rasgos que comparte con autores como Jesús Díaz (la denuncia de un sistema opresivo y el compromiso con la libertad), o con Zoé Valdés (la revisión de los acontecimientos cotidianos que crean fractura social), Iglesias Kennedy, además, incide en la sensación de desarraigo y en la utilización de la ironía como mecanismo de crítica y escape, como puede observarse en ‘La ranura del horizonte en llamas’ (Tusquets, 1987), ‘El gran incendio’ (Tusquets, 1989), La hija del cazador’ (Betania, 1995) y ‘Esta tarde se pone el sol’ (Betania, 2001).

 

En 2003, publica ‘Espacio vacío’ (Betania), una novela ambiciosa donde el autor nos retorna a su tema recurrente, al vacío creado por el absurdo de las grandes ideologías: las trampas a las que nos somete la creencia a ciegas en una doctrina, la espiral del abuso del poder, la falacia del concepto de patriotismo, la ignominia de la venganza y la traición, y las incógnitas de la amistad interesada.

Y ante todo, la lucha de un hombre por conseguir un destino digno y libre. Un hombre que se había identificado como elemento disonante y no como parte de una masa. Un hombre “que sólo pretendía una cosa sencilla: marchar a un lugar lejano donde convertirse en un ser invisible” y escapar de “la asfixia de sobrevivir en un país proletario con unas normas, unas exigencias y una disciplina compacta que lo empujaban al borde de la extenuación”. 

 

 

Tres años después de la publicación de esta “novela testimonial”, como la subtitula el editor (este subtítulo no aparece en la segunda edición), Iglesias Kennedy nos regala ‘El marmitón apacible’ (Aduana Vieja, 2006). Como en sus obras anteriores, los temas que le preocupan siguen vigentes. Pero en este caso, la acción, el protagonista y el estilo escogido dejan de “ser cubanos” para hacerse pícaros castellanos.

La elección de Talavera para narrar las aventuras de Abelardo, el gran maestro cocinero en el siglo XVIII, apunta a la integración de este escritor en su nuevo entorno y la superación de su lugar de origen como un recurso para librarse de los demonios del pasado. Como él mismo comentaba en una entrevista personal: “Es un homenaje a la literatura española picaresca en el tema y el simbolismo, pero mezclada con temas actuales… Ya no puedo escribir como cubano, me sale la prosa en castizo”.

 

 

Iglesias Kennedy es, pues, un transgresor. Concibe el patriotismo como una trampa lingüística. Su postura con respecto a Cuba difiere de la desilusión progresiva de escritores como Jesús Díaz o de la crítica de Valdés. A partir de ‘El marmitón apacible’, sus novelas dejan de ser “cubanas”. Su narrativa no está escrita en español caribeño, sino en castizo.

Hay una transformación: ahora, la literatura se hace más placentera y juguetona; explora otros mundos con alegría, un sentimiento novedoso en el carácter de este autor, antes matizado por el rencor y la amargura, y que se transmite a lo largo de esta novela por medio del humor que subraya todo el texto y que convierte su lectura en un ejercicio fácil, ameno y distendido.

 

 

Además de las venturas y desventuras de Abelardo y los demás personajes, el concepto que sigue siendo común en toda la obra de Iglesias Kennedy es su crítica mordaz a las ideologías: la política en sus primeras obras y, en este caso, la religiosa. Esta crítica es una fórmula para denunciar tanto los límites impuestos a los hombres de espíritu libre, los originales y emprendedores, como las barreras implementadas por seres amargos y fracasados.

Todo, para encauzar por el redil a un joven de carácter independiente que evita ser implicado, que rechaza cualquier forma de compromiso. Y como sigue siendo habitual en las novelas de este escritor, donde sus personajes expresan de alguna manera a su persona, Abelardo tiene que recoger sus cosas y abandonar la ciudad: como había sucedido antes, la huida se presenta de nuevo como única solución para escapar del empecinamiento.

 

 

Es decir, que Iglesias Kennedy mantiene los mismos temas de preocupación que distinguen su obra, enmarcados, sin embargo, en un nuevo entorno (de Cuba a Castilla), con una prosa diferente (de la caribeña a la castiza) y con un motivo distinto (de la angustia vital, a la presentación de esa angustia como juego literario en un entorno de libertad). Este cambio se verá confirmado con la publicación de la novela en la que trabaja en la actualidad, ‘La leyenda de Maribel Montero’, donde retoma la prosa castiza y los temas propios de su literatura. Pero su narrativa ha pasado de centrarse en el tema de su origen cubano y exílico y ha evolucionado hacia una prosa plural, universal, que aúna a muchos escritores cubanos en sus nuevos entornos postnacionales, o quizá transnacionales.

 

">*Belén Rodríguez Mourelo es profesora titular de Español en The Pennsylvania State University. Autora de diversos artículos sobre literatura del exilio, y del libro ‘Encounters in Exile. Themes in the Narrative of the Cuban Diaspora’ (Aduana Vieja).



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De Cuba a Castilla, el camino literario y vital de Iglesias Kennedy
Belén Rodríguez Mourelo


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