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El hombre del que brotaban las palabras
Siempre es momento para volver a la ternura y la alegría de la vida que habitan las novelas de Bohumil Hrabal


Un hombre cuenta y cuenta y no para salvo para respirar, para tomar aire, para continuar, para mirar, para reír, para beber, para empezar, para alzar la voz de nuevo, para dejar que quienes escuchan esperen y sigan escuchando y quieran escuchar más y conocer y sorprenderse y disfrutar. Disfrutar de la vida, de los placeres, de los días, al margen de lo que suceda, de lo que sea el exterior, de lo que otros decidan. No hay apenas puntos ni comas ni signos ortográficos ni párrafos quebrados en su discurso porque su discurso es un torrente, el manantial de palabras que son vida, recuerdos, historias, amor, placeres, humor, ternura y, otra vez, vida.


Las historias de Bohumil Hrabal (Brno, 1914-Praga, 1997) encontraron su forma de escribirse en una prosa personal, inagotable, en la Checoslovaquía ocupada primero por los nazis y acotada después por el comunismo. Ambas formas de regir el mundo y a quienes lo habitan limitaron la difusión de sus obras pero no pudieron cortarlas; las dos pusieron trabas al hombre pero no le borraron la esperanza. Y eso, esa capacidad, ese amor a la vida por encima de todo, ese deseo de disfrutar y de sorprenderse, lo comparten sus personajes con él, con el hombre que amaba las tabernas y no vivía como escritor.


Antes de que sus primeras obras obtuvieran el éxito -y aún después- Hrabal tuvo numerosos oficios, agradables, extraños y pésimos, y a todos les encontró la hermosura, desde su empleo en los ferrocarriles hasta su trabajo en una planta de prensado de papel. No vivía de las letras pero escribía, escribía y guardaba los manuscritos en un cajón y los daba a leer a sus amigos y a sus admiradores en ediciones domésticas. Enamorado de la vida, los oficios que disfrutó y padeció fueron luego novelas; las personas que conoció fueron luego personajes: el primero su tío, conocido por los lectores en español como tío Pepín, ese crápula y aventurero y borrachín que no para de hablar, de contar sus historias de quijote y loco, de borracho y mujeriego, que influyó en la literatura de Hrabal. Porque el autor contó que no inventaba, solo agarraba trozos de la realidad y los ponía en las páginas, cambiando el contexto, de forma que se convertían en arte o en surrealismo o en novela.


Hrabal, como ese tío, como muchos de sus personajes, amaba las tabernas de Praga y las recorría con su amigo pintor, y así lo contó y lo celebró en Tierno bárbaro, porque todo es celebración en sus novelas. Amaba las tabernas y a sus amigos y a su mujer, Eliska, que todo lo sabía y lo arreglaba, que le permitía celebrar Bodas en casa, fiestas sin motivo, fiestas de otros, en el patio de una vivienda destartalada, la casa que la burocracia les había asignado. Eliska fue, por voz interpuesta, la narradora de esa novela que es autobiografía de Bohumil, y convierte con ternura las locuras del autor y sus amigos en humor y canto a la vida. Porque Bohumil Hrabal era, más que un escritor, un mago que mudaba lo cotidiano en literatura, y ésta, en alegría.


Su primer libro celebrado cuenta la historia de un chiquillo enamorado, orgulloso de su nuevo cometido en la estación de ferrocarril por la que pasan Trenes rigurosamente vigilados, los convoyes de los nazis cargados de armamento, que en un acto de arrojo y humanidad cabalga para dinamitar, sabiendo que en su empeño quijotesco y generoso va a perder la vida, esa vida que acaba de estrenar y ama.


Y fueron muchos más los libros que celebrar, sus habitantes, como el viejo Hant’a, el prensador de papel  próximo a la jubilación, lleno siempre de cerveza, que trabaja solo en un sótano donde amontona y pliega las montañas de papel que le llegan y él no acaba a tiempo porque, en cada bala que hace para su recogida y destrucción, como si fuera un paquete de regalo, pone con cuidado un corazón, un corazón de literatura, libros de grandes autores que embellezcan el montón, y su trabajo, en Una soledad demasiado ruidosa.


Hrabal nos contó las existencias sorprendentes de personajes complejos o solitarios, como el camarero ambicioso de Yo que he servido al rey de Inglaterra, que descubre el poder del dinero y decide conquistarlo para obtener el respeto y la admiración y los placeres, y descubre, finalmente, la soledad del hombre en medio del verdadero poder, la pequeñez del ser humano frente a esa sociedad (marcada en su caso por el nazismo primero y el comunismo después) que convierte al individuo en un juguete pequeño, y ese hallazgo le hace abandonar la ambición y retirarse a un lugar apartado, rodeado de animales y los recuerdos de su extraña y fascinante vida.


Bohumil Hrabal, como tantos otros, tuvo que guardarse de los que gobernaban y veían en su obra libre una provocación, un riesgo para las normas rígidas, para los planes. Pero su obra, como su vitalidad, se sobrepuso a todo, y siguió escribiendo, y publicando, y alcanzando lectores en todo el mundo. Ya no eran solo sus amigos quienes bebían sus historias a chorros, frescas y espumosas, placenteras y embriagadoras, tiradas de un grifo de cervecería.


Hrabal rechazó honores y viajes, reconocimientos y camarillas. Prefería ir por las noches a la misma taberna a beber cerveza con sus amigos, amigos como personajes, personajes como amigos.

Un día murió su mujer y el puente de ternura y equilibrio que cruzaba cada día, el lugar desde el que contemplaba la belleza de lo hermoso y de lo feo, se resquebrajó. Siguió acudiendo a la taberna pero había un trozo de él que ya no le acompañaba. Siguió acudiendo a aquella casa que tenía en la naturaleza, con gatos y una máquina de escribir, pero la casa se había vuelto fría. En 1997 enfermó y lo llevaron a un hospital, a una habitación con vistas a la vida, donde las palomas se posaban.


Años antes, otro escritor checoslovaco, Jan Procházka, había escrito un libro, El viejo y las palomas, en el que un profesor jubilado, antiguo preso político, mitiga su soledad y su tristeza contemplando a una muchacha que, cada tarde, cuida de unas palomas entre los tejados. Un día ella no aparece y él, desesperado, corre a buscarla, a continuar su tarea, y se encarama al tejado con las cestas de palomas que nadie ha atendido; desde arriba ve brillar el río, la ciudad. Si da un paso en falso, si da un paso, dejará la vida para siempre.


La habitación de Bohumil Hrabal tenía una pasarela donde se posaban las palomas. Bohumil se levantó de la cama, medio desnudo, y tomó un pedazo de pan. Abajo, a sus pies, estaba la vida. Tal vez recordó que cerca había una taberna. El tío Pepín seguiría allí, hablando, contando sin parar todas las historias.



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Suso Mourelo


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