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Del calor y otros insomnios
“Los chicos de la pandilla fingían ser unos perfectos analfabetos, para no parecer intelectuales sino futuros futbolistas estrella, y solo leían en la intimidad”


 

Mi amiga Ana, la paseante, que es más lista que Simone de Beauvoir pero más romántica que la dama de las camelias, dice que las novelas son como un trabajo en prácticas, algo con lo que se aprende para lo que viene después.

Y cuando dice eso, y encima sonríe, yo siempre tengo la misma tentación: tirarle encima el mojito, el batido detox o la sopera. ¡Porque lo dice de verdad! Sí yo lo entiendo, claro, siempre tiene novios guapos, casas bonitas y trabajos fashion, y así cualquiera cree en la vida, en las novelas y en los cuentos de Grimm.

Pero a mí, que los novios me duran menos que un ejemplar de ‘Cincuenta sombras de Grey’ a la puerta de un ministerio, y que tengo trabajos que cada vez se parecen vez más a las prácticas, su optimismo me arrebata.

En realidad, todo es envidia. Que es uno de los sentimientos que mueven al mundo.

Cuando Ana era adolescente, en su casa aparecían misteriosamente libros de Isabel Allende y de Laura Esquivel. Y, en la mía, diarios deportivos con los crucigramas hechos. Así que en verano, de camino a la piscina, me iba a la biblioteca a buscar algo que echarme a la cesta.

Como entonces no tenía amigos libreros ni novios editores independientes, elegía los libros por el título, el tamaño y la imagen completa que compondrían con mi bikini blanco, mis rayban de mercadillo y mi bronceado de la estepa.

Entonces no leía novelas de amor, porque en la pandilla estaba mal visto, pero me aburrían las historias de marcianos y las marcianadas que leían mis amigas: los chicos eran unos perfectos analfabetos o fingían serlo, para no parecer intelectuales sino futuros futbolistas estrella, y solo leían en la intimidad.

De todas las novelas que leí entonces, la que más me impactó fue una de Guy de Maupassant. Una novela de tapas verdes titulada ‘Fuerte como la muerte’. Qué historia, que pasión, qué tristeza, qué horas pasé de lectura nocturna, mientras mi hermana se quejaba porque tenía la luz encendida.

El protagonista, Olivier, un pintor reconocido y ya en declive, apasionado y vanidoso, quiere a su amante de años, Anne, que tiempo atrás posó para un retrato. Pero con el paso del tiempo y de la intensidad, cuando Olivier siente lo efímero de la vida y recuerda el amor salvaje que sintió por ella, se enamora locamente de una imagen, la imagen de su amante cuando era joven… y resulta que esa imagen, hoy, es la hija de Anne, Annette...

No voy a contar más, porque sería feo destripar una novela tan hermosa.

Nunca he hablado de esta novela con mi amiga Ana. Esta tarde voy a preguntarle a mi librero de cabecera si tiene un par de ejemplares. Uno para mi amiga; otro para mí: por mucho que ponga cada noche el ventilador, su motorcito no es tan fuerte -como la muerte ni como la vida- para borrar de mi habitación los estragos del cambio climático y de algún recuerdo, los sofocos del calor y otros insomnios.

 


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