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Para esto hemos quedado
Envié un manuscrito a una editorial y, con la carta estándar de rechazo, me enviaron una propuesta para publicar… pagando


NO es que una se crea la nueva Harper Lee, una joven Alice Munro o, tan solo, una hija de Roald Dahl. No es que mi vida sea la de Emmanuelle ni siquiera la de Bridget Jones (bueno, eso es discutible) pero cuando envié mi manuscrito a un editor amigo de mi amigo Víctor (si te he Víctor no me acuerdo), que iba a leer el mismo editor personalmente en persona, no pensé que la respuesta fuera a llegar un año y medio después, con estas palabras:


Estimado/a señor/a: Le agradecemos habernos dado la posibilidad de considerar su interesante manuscrito MENCÍA CON HIELO, que hemos estudiado con el mayor interés. Lamentablemente, y sin menosprecio de sus incuestionables méritos, nuestros asesores han desaconsejado su publicación en nuestra editorial.

 

Al margen de ese horripilante “agradecemos habernos ofrecido”, de esa redundancia de intereses y de ese abuso de palabras interminables, para este viaje no se necesitaban alforjas, ni méritos, ni siquiera asesores. Ni dieciocho meses de espera. De hecho, yo ya había olvidado ese manuscrito, así como por en este tiempo, por motivos literarios, he olvidado los libros de la editorial, sin menosprecio de sus incuestionables méritos.

No le presté demasiada atención porque una, que al final se quedó sin vacaciones para no rechazar sus ofertas laborales malpagadas, leyó el mensaje en el sillyphone, y la carta -la documentación, como la denominaban pomposamente- venía en un pdf que solo podía leer parcialmente.

 

Desamores a mí

Estaba en una playa de Almería, donde había ido con mi amiga Paqui-para-todo, y no era cuestión de luchar, bajo la luz más intensa del mundo y con las manos manchadas de pescado, contra los elementos para leer un NO.

Quien esto escribe, que va alcanzando más desamores que espinas tiene el rosal (licencia poética, que todo hay que explicarlo), ya está acostumbrada a ver, a oír y hasta a oler la palabra NO. Y, una vez leída, por repetitiva, ya poco más provoca. Unas lágrimas, un Mencía sin hielo, alguna película para llorar con ganas y coartada, unos amaneceres caminando hasta el fin del mundo, una lencería nueva para nadie, un doble de chocolate negro y vuelta a empezar.


Pero, igual que los novios fugaces se van para siempre -casi todos, algunos son como las golondrinas, que solo saben volver- y no te envían un sucedáneo de sí mismos -un usb con sus mejores fotos en HD, una grabación con su risa, una reproducción en látex de un fragmento de su anatomía-, las editoriales, hasta ahora, daban por cerrada la relación con ese mensaje estándar, siempre mal escrito.

Pero todo cambia.

 

Corta y pega y sorpresa

Cuando, por la noche, volví al apartamento con mi amiga, leí el mensaje con calma. La primera mitad era el NO de corta y pega. La segunda, también de corta y pega, una oferta: me proponían que autopublicara su libro con ellos, en una colección al efecto; me ofrecían un paquete completo de servicios profesionales, de la lectura a la publicación, según contratara más o menos, según pagara más o menos.

Estamos en el siglo XXI, si no he perdido la cuenta. Y, permitidme que me ponga cursi, ese se me antoja hoy el gran cambio editorial: las editoriales, que habían construido los ladrillos del saber y de los sueños, han blindado sus colecciones con nombres repetidos y copias de nombres repetidos, con historias ya escritas, con libros que solo pueden ser bestsellers; y, como a pesar de eso negocio el negocio no funciona y no es rentable, o como por eso el negocio no funciona y no es rentable, ofrecen a los escritores (de indudables méritos) que han desaconsejado publicar, que publiquen con ellos, a cambio de unos billetes, aunque no vayan a promocionar ni a distribuir ni a considerar sus manuscritos.

 

Ay, para esto hemos quedado. Yo (la primera) y las editoriales. 


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