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Un paseo por la vida
O cómo ver dos películas seguidas de Nick Nolte despierta nuestro corazón existencialista


Ya sé que me repito como las pesadillas que se muerden la cola y que he contado más de unas doscientas veces que, salvo cuando voy a casa de mi tío Martín, en las plácidas y mortales geografías helvéticas, mis viajes son clase A, es decir, se circunscriben a la zona para la que tengo abono transporte. 

Y los viajes que me llevan más allá siempre transcurren en los libros. Así que podría protagonizar una campaña tanto de transportes como de fomento de la lectura, que son tan eficaces como las campañas antidroga, que siempre te dan ganas de empezar a fumar, a esnifar y a meterte todo lo que pilles, aunque solo sea para estar ciega la próxima vez que pongan el anuncio.


Y la prueba de que me repito es que en mi última historia os conté que mi único viaje transoceánico había desembocado en Nueva York o, más exactamente, en los lavabos del Chelsea hotel de Nueva York, ciudad de la que tangencialmente quiero hablar, porque aún estoy conmocionada.


Empecemos por el principio. Resulta que mi jefe, que está preparando un bonito proyecto internacional (no puedo decir con qué destino porque es supersticioso aunque lo niegue), me contrató extralaboralmente, que pensé que era como pedir a un novio que te folle un poco y luego darle una paga, para un encarguito. La verdad es que su encargo me encantó: me dio cuatro docenas de libros para leer y apuntar.

Necesita saber qué lugares aparecen en todos esos libros para confeccionar un mapa literario, así que me voy a pasar un par de meses con el lápiz en la oreja, como los pescaderos de antes, sentada en mi sillón favorito (y único) o en el café de Cascorro al que me he aficionado, antes de que se gentrifique del todo ese lugar: así es cómo me gustan a mí los sitios, y los hombres, cuando acaban de dejar de ser sucios pero todavía no se han vuelto limpios.


Por suerte, mi jefe me trajo los libros a casa y no tuve que ir con él a buscarlos: la única vez que viajé en coche con él, una vez que nos habían invitado a la entrega de un premio literario, descubrí que tras su apariencia de retrato del artista como hombre maduro se esconde un alma de macarrilla de barrio, que se destapó y amenizó el trayecto con un doble disco de Bambino, esas historias de dolor y dolor que solo acaban por otra peor, aunque él le encontrara una lírica a toda aquella pasión.

Pero sigamos. Después de una mañana dedicada a anotar lugares en mi libretita roja, con los ojos haciéndome fuegos artificiales, me tiré en la cama con los ojos cubiertos de pepino y tila y me puse a pensar en la vida líquida que llevamos los jóvenes que ya no lo somos, al menos los que yo conozco. Pero tanto pensamiento profundo, me dije, no puede conducir a otra cosa que la depresión y, como no tengo dinero para prozac, me fui al cine. Y por esa deformación literaria de ver películas basadas en libros, me metí en ‘Un paseo por el bosque’, tomada del libro homónimo de Bill Bryson, ese escritor inglés que nació en Iowa (Estados Unidos), en concreto en Des Moines, que viene a ser así como Las Pedroñeras, en Cuenca, pero sin ajos.


A mí este Bryson me gusta bastante y, ya que mi tarea es literaria, os recomiendo ‘Una historia de casi todo’ y ‘En las antípodas’, que son algunos de sus pocos libros traducidos al español. Me gusta aunque pasó tanto tiempo en el Reino Unido que se le han pegado los tics de los escritores británicos y, a veces, se vuelve algo listillo y paternalista. Pero a lo que iba, no dejemos que la realidad literaria estropee una buena columna.


Me metí en el cine y, minutos después de que la cara planchada de Robert Redford se paseará por la pantalla, apareció la cara sin planchar de uno de mis grandes héroes cinematográficos: Nick Nolte. Llegó, se desbordó y por fin pensé que había merecido la pena comprar la entrada. Redford hace de Bryson y a veces resulta cargante pero Nolte, aunque hace de un amigo de Bryson, parece que haga de sí mismo, y eso salva la película y el viaje que emprenden por ese camino de Santiago a la americana que es el Appalachian Trail.

La historia habla de la vida, el amor, el paso del tiempo y todas esas cosas pero eso lo dejo para quien quiera ver la película o leer el libro. El caso es que, con el careto gastado de Nolte en la memoria, llegué a casa. No había nadie así que me puse el pijama de los domingos (el resto de las noches duermo con Mahou número 5), me preparé una cena deliciosa (llamé al chino de la esquina y me trajeron tres paquetitos), y me abrí un benjamín de cava que alguien había olvidado en la nevera. Me senté en mi sillón y encendí la tele. Justo entonces empezaba una peli que ya había olvidado: ‘El príncipe de las mareas’. La peli tiene más o menos mi edad y, cuando la vi por primera vez, me enamoré del protagonista, un Nick Nolte en plenitud, y en Nwe York City, atractivo y atormentado (¡vaya familia la suya!).


Fue un golpe demasiado duro ver, con dos horas de diferencia, a los dos Noltes desgarrados: el primero, por exigencias del guion; el segundo, por la vida. Y yo, que hasta ayer no había entendido nada del existencialismo, busqué en vano en el frigorífico un segundo benjamín para brindar por la existencia, y por su efímera duración, o al menos por la que Nolte había llevado.

 

menciasuter@yahoo.com

 


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Mencía Suter

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